IMAGINACIONES Y ESPERANZAS (I)
Por Haruchika Noguchi
Traducción: Luis Crespo
Pregunta: Tengo tres niños. ¿Podría decirnos cómo deben tratar los adultos a los
niños de forma que cada uno sepa su sitio y se hagan adultos llevándose bien
entre sí? Nuestra familia está compuesta por un abuelo y abuela, los padres, una
niña de nueve años, un niño de siete y también una niña de un año y dos meses,
en total siete personas. Hasta que nació la última niña los otros dos niños
discutían mucho pero se tenían consideración y, básicamente, se llevaban bien.
Cuando nació la última el niño fue el primero en sentirse encantado. No importaba
en el juego que se viera envuelto cuidaba del bebé y hacia tonterías para que
dejara de llorar e incluso le cambiaba el tazón de la comida.
Pero cuando el bebé llegó al año de edad, aproximadamente, y la atención de los
adultos se centró en este, el niño empezó a hacer valer sus derechos fuertemente
y a gritar muy alto como diciendo “¡Yo también estoy aquí!” Hoy en día hace burla
continua a su hermana pequeña y cuando un adulto le dice que pare se va a por
su hermana mayor y la fuerza a jugar a las peleas y cuando la niña le dice que no
le gustan, se pone violento. Como resultado el cuello de su hermana ha resultado
dañado. Supongo que los niños cambian en función de la postura de los adultos
hacia ellos, así pues, ¿podría decirme cómo puedo saber lo que hay que hacer y
la postura que debemos tener?
Como a la pregunta de esta familia que acabo de leer le acompañaba una
fotografía de todos ellos he comprendido la situación muy bien. En la primera
petición existe una imposibilidad: el deseo de que sus tres hijos crezcan de forma
que se lleven bien entre sí siempre. Los seres humanos difieren entre sí y, según
crecen, cada uno tiene sus propios puntos de vista. Al adquirir estos, surgen las
diferencias entre ellos. Cuando se han establecido estas diferencias, los seres
humanos persistirán en sus opiniones incluso si eso significa pelear. Así pues,
intentar preservar un modelo de “mantenerse en buen entendimiento” es imposible
desde el comienzo, y como cada persona desarrolla su propia individualidad,
discutirá cuando tenga que discutir, incluso si eso implica pelearse o luchar con
alguien; y de este modo crece saludablemente en relación con los demás: es el
modo natural de hacerlo. Así que el deseo de los padres de que los niños
deberían crecer llevándose bien toda su vida tanto si quieren como si no es, desde
el principio, irreal. En realidad, es necesario discutir para volverse un individuo.
Ganando discusiones uno se vuelve individuo. Por ello, practicar estas con los
hermanos es perfectamente sano. Y a fin de convertirse en adulto, es bueno que
el niño desobedezca a sus padres, quienes siempre están encima, e incluso tener
peleas con ellos. Pero la pretensión paterna es la de pensar en términos de
preservar algún tipo de modelo de paz y tranquilidad, o de salubridad, o de que
todo vaya bien, aunque esta esperanza es irreal. Un ser humano no es algo que
quede fijado a una postura. El resultado es que las personas que desean paz y
tranquilidad se encuentran con una resistencia excesiva. No, más que la
resistencia, se trata de que cuanto más resuelto es un padre en su búsqueda de
paz y tranquilidad mayor será su preocupación incluso por la más pequeña de las
disputas entre sus hijos.
IMAGINACIONES Y ESPERANZAS (II)
Por Haruchika Noguchi
Traducción: Luis Crespo
Hace algún tiempo había una mujer que alquilaba habitaciones de su casa. Como
quería cuidar de sus huéspedes con consideración, les prodigaba atenciones y
cuidaba bien de ellos. Tenía con ella unos recién casados y por eso tenía un
cuidado especial con ellos. Esto es entendible para alguien como yo, pero en el
caso de una pareja de jóvenes recién casados es natural que la mujer se sintiese
infeliz cuando otra mujer se comportaba cariñosamente con su marido y que
pensase que lo único que habían hecho era alquilar una habitación. Pero la
patrona quería ser atenta con ellos. En consecuencia, surgieron multitud de malos
entendidos. Puesto que la señora mayor era muy experimentada su cuidado era
extremadamente atento. Comprobaba, por ejemplo, si tenían suficiente salsa de
soja o les dejaba perfectamente colocados los zapatos que ellos habían dejado
desordenadamente en la entrada. Como no entendían este tipo de
consideraciones, decían, “Incluso nos da instrucciones de cómo debemos
descalzarnos; y si le decimos que andamos escasos de salsa de soja, nos presta
un poco, pero pone una cara desagradable. Da la impresión de que se regodea
con nosotros y no es agradable en absoluto.”
Sucede que al gente mayor intenta tomar a los demás bajo su protección con la
excusa de su juventud e inexperiencia, pero la gente joven tiene la impresión de
que les están resaltando sus defectos y que sus mayores obtienen placer
haciéndolo. En una situación de este tipo, una parte actúa cariñosamente con el
deseo de ser amable pero la otra parte no muestra gratitud alguna; surge así la
insatisfacción.
En una ocasión, cuando esta pareja fue a la ciudad natal de él, la anciana [casera]
le preparó a la esposa un pequeño presente para que se lo diese a los padres de
él, pero parece ser que la joven dijo, “No hay necesidad de este tipo de cosas.”
Desde el punto de vista de alguien que tiene que viajar en un tren abarrotado, el
portar tales cosas es una tontería. La anciana, sin embargo, le hizo cogerlo
diciéndole, “Bueno, es de mi parte para su suegra.” Siendo este el caso, la
anciana debería haber dicho, “Gracias por llevar este regalo en mi nombre”, en
vez de quejarse, como hizo, de que la joven no le dijese nada a su vuelta de cómo
había sido recibido su regalo. Después de todo ella había obligado a la joven a
coger el regalo cuando ésta no deseaba hacerlo. Pero la persona mayor no
opinaba del mismo modo. “Ella debería darse cuenta de mi consideración hacia
ella, porque eso es lo que una nuera debería hacer [el llevar el regalo], y por eso
debería agradecérmelo,” piensa ella cobijando una esperanza. Entre la gente
mayor están aquellos que tienen la esperanza o sentimiento de que se les debe
dar las gracias por su amabilidad, y cuando esto no sucede, la sensación de que
han sido contrariados se hace mayor en ellos. Pero tal esperanza es irracional:
para la gente mayor es más apropiado que no esperen agradecimiento alguno por
los favores que hagan. A causa de que esperan algo, se sienten contrariados.
La raíz era esta: por un lado – la pareja recientemente independizada que en sus
mentes tenían que estaban haciendo sus propias vidas – pensaba que tan sólo
habían alquilado una habitación; por otra parte, la casera pensaba que aún no
eran capaces de ser independientes y por ello trataba de cuidarles. Aunque entre
ellos existía este malentendido, el deseo del lado más joven de intentar vivir sus
vidas independientemente es entendible, como lo es el deseo de los mayores de
cuidarles y de prodigarles cuidados. A pesar de todo la persona mayor tenía
ciertas expectativas en lo que estaba haciendo. Si se tienen tales expectativas
entonces la sensación de que te han desobedecido es más fuerte que de normal.
Si desde el principio hubiese pensado simplemente en términos de alquilar una
habitación y de tener huéspedes, no hubiese habido problema alguno, pero como
fue un conocido el que le pidió que alquilase una habitación a esta pareja, ella
pensó que debía ser amable. Pero no era consciente de la respuesta que su
amabilidad estaba provocando. Tenía que haberse dado cuenta de que, a pesar
de que podía ser su madre por la edad, los cuidados que prodigaba al joven
esposo estaba haciendo que la esposa albergase sentimientos desagradables.
Puesto que a la señora mayor nunca le había pasado nada que le hiciese pensar
que podía suceder algo así, creció en ella el sentimiento de que estaban su contra,
a pesar de su amabilidad.
Superficialmente parece que los jóvenes estuvieran equivocados porque no
respondieron a las expectativas de la señora mayor, y hay muchas personas que
pensarían así, pero cuento esta historia para mostrar que hay otra forma de mirar
los hechos. Todo el mundo tiene, por su naturaleza emocional. Algún tipo de
expectativas, el deseo de que los demás se comporten de cierta forma; y si está
expectativa es muy fuerte puede suceder que aparezca cierta resistencia. Así
pues, el deseo de la madre que preguntaba hoy “Quiero que mis niños crezcan
llevándose bien entre sí” es, de por sí, irracional.
IMAGINACIONES Y ESPERANZAS (III)
Por Haruchika Noguchi
Traducción: Luis Crespo
uanto más unidos estamos a alguien más fácil es que discutamos. Cuánto más
unidos estamos a alguien más fácil es que nos peleemos. Cuando, en una carrera,
uno corre más rápido de lo que suele, se debe a que no quiere separarse del que
lleva al lado. Si hay alguien cercano a ustedes, siempre competirán [con esa
persona] Es algo instintivo. Y por eso es natural que los hermanos y hermanas se
peleen entre sí. Sospecho que los aquí presentes habrán tenido más peleas con
los hermanos que con los amigos. El tener disputas es una forma de
entrenamiento. A través de las discusiones ambas partes desarrollan diferentes
aspectos de la sensibilidad, por ello las disputas son necesarias. Guste o no, son
importantes para el crecimiento y hacerse independiente. Lo que hay que hacer es
enseñar a los niños a pelearse con inteligencia. Lo peor es dejar que una pelea
termine mal. El hacer que los niños terminen las peleas de un modo satisfactorio
es tarea de los padres. Tan pronto como un niño piensa para sí que hizo mal en
empezar una pelea, tan sólo necesita decir “Estaba equivocado.” Si uno de los
niños es más fuerte el otro tan sólo debe decir “Me rindo.” El que un niño diga “me
rindo” no representa problema alguno en tanto en cuanto los padres no hagan de
ello un problema. Si un niño no dice rápidamente “me rindo” se debe a que piensa
que es una vergüenza perder o porque piensa que se reirán de él o se le
reprochará su comportamiento y, sólo por eso, intentará vencer. Por ello, todo lo
que deben hacer los padres es enseñar a los niños a ser capaces de decir
rápidamente “me rindo”, “no quiero pelear contigo” o “estaba equivocado”.
También es bueno que les enseñen que en el caso de que las cosas
desemboquen en una riña deben hacerlo de un modo digno. Al decir los padres
“¡No peleéis!, ¡No peleéis!”, los niños rechinan y rechinan sus dientes haciendo un
gran esfuerzo por no pelear, y el resultado es que finalmente estallan. Y una vez
que esto ocurre no se les puede detener. En tanto en cuanto no enseñen valores
innecesarios como “Nunca debéis pelear” o “Siempre deberéis ser amigables”, los
niños crecerán de un modo más natural y franco. Si un niño es fuerte, aprenderá a
proteger a otros; si es débil, deferirá en otros. De este modo empezarán a llevarse
bien de forma natural. Cuando se obliga a los niños a llevarse bien, el más fuerte
se ve incapaz de responder al más débil y debe rechinar sus dientes y sufrir ante
las cosas, mientras que el más débil rechaza deferir en el más fuerte, explota la
autoridad de sus padres y se pavonea ante el otro [el fuerte] De este modo, para
hablar en confianza, las disputas son imposibles de erradicar.
Cuando los padres tienen la esperanza de que los chicos se lleven bien entre sí,
existe el peligro de que las peleas entre los niños se vuelvan serias. Decir “Sois
hermano y hermana y debéis llevaros bien” es conducir a los niños a una situación
en la que no pueden pelear con facilidad y, cuando no lo hacen, son incapaces de
llegar por sí mismos al punto de decir “Me rindo” o “Fue mi culpa” Incluso cuando
los padres llevan a los niños a tal situación, mantienen expectativas de forma que
cuando el comportamiento de los niños no se ajusta a esas expectativas, surgen
quejas como “Ya os lo hemos dicho muchas veces…”
Cuando Mori Motonari puso tres flechas juntas y demostró que juntas no se
pueden romper, y les explicó a sus hijos que si cooperaban entre sí tendrían el
mismo tipo de fortaleza, estaba enseñando una excelente lección. Pero les enseñó
esto cuando ya estaban formados y estaban en una etapa en la que eran capaces
de comprender con su intelecto el comportamiento humano y por eso lo
entendieron. Ustedes le pueden enseñar a un niño de dos años tres flechas y
hablar con él, pero no entenderá. De modo análogo, pueden meter a la fuerza a
sus hijos la máxima “Debéis llevaros bien entre vosotros”, pero no será entendido.
Los niños se desarrollan y crecen a través de las discusiones entre ellos. Mediante
las peleas aprenden también sus propios defectos. Y también mediante las peleas,
aprenden los defectos de los demás. Dándose cuenta de que es débil o fuerte, un
niño llegar a darse cuenta de lo que será y de cómo deberá enfocarlo. Un niño que
cree que en tanto en cuanto no se pelee puede hacer lo que quiera, actuará de
forma egoísta sin considerar que lo está siendo, tan sólo encontrará diversión
alterando a los demás y crecerá sin consideración hacia los demás. Si se les hace
algo que les molesta, entienden que es desagradable y así pueden juzgar los
sufrimientos de los demás por sí mismos. Cuando tan sólo existe una persona [en
el sentido de que uno sólo piensa en sí mismo] estos sufrimientos no pueden ser
entendidos, pero cuando hay dos sí, se debe a que las dos personas discuten.
Por ello el discutir no es algo malo. Sin embargo, no es bueno hacerlo como los
adultos, que se pelean desde lo más profundo de su corazón haciéndolo incluso
cuando el antagonista no está presente realmente para odiarle o discutir con él.
No hay nada malo en discutir con alguien si está frente a frente pero lo que hacen
los adultos es imaginarse que tienen frente a ellos a alguien cuando no lo está,
irritándose con este antagonista imaginario. Cuando anda cerca un perro, un gato
eriza su pelo, pero una vez que el primero desaparece el pelo vuelve a su estado
relajado. Los seres humanos pueden imaginar y por ello mantener sus pelos
erizados incluso en la ausencia de alguien. Si un gato mantuviese su pelo erizado
durante tres o cuatro horas probablemente caería muerto, pero el ser humano está
hecho de una materia más resistente y mantiene por sí mismo su piel erizada
durante un año o dos, e incluso más, siseando y bufando. A resultas los efectos
secundarios de esta actitud se manifiestan repentinamente contra personas que
no tienen conexión alguna con el problema original. Surge una situación violenta.
La imaginación es un poder particular de los seres humanos y mediante él, se
manifiestan en abundancia las capacidades humanas. Creo que está de más
cegar sus habilidades por medio de la imaginación o multiplicar aquello que es
desagradable.
IMAGINACIONES Y ESPERANZAS (IV)
Por Haruchika Noguchi
Traducción: Luis Crespo
En el caso que hemos escuchado, parece que la madre deseaba que los niños
entendiesen las relaciones entre ellos y que creciesen amigablemente, pero
esperar esto sin examinar cual debería ser la postura de los padres está
equivocado. Esto se debe a que los seres humanos se desarrollan sobre la base
de las disputas. A fin de no pelear cuando se es mayor, se debe hacer con
asiduidad cuando se es pequeño para darse cuenta de lo estúpido que es
pelearse. El beneficio de las disputas radica en que los niños pueden sacar todo
su potencial entre ellos. Hay cosas que pueden parecer turbias, pero implican la
reunión de toda la inteligencia que posee el niño. Hay cosa que pueden parecer
maliciosas, pero tienen lugar porque el niño posee inteligencia. Si no tuviese
inteligencia, no se podría comportar maliciosamente con otro niño. Es difícil
aprender cómo dar un pellizco a otro niño sin que los padres se den cuenta.
Una vez le pregunté a una niña, “¿Qué te ha hecho mamá?” Ella imitó la acción de
pellizcar. Su madre, con su cara gentil, ¡fue capaz de pellizcar a una niña de unos
dos años que apenas sabía hablar! Pensé que era madre cruel por lo que le
pregunté por las circunstancias [que le habían llevado a hacer eso] y me respondió
que la niña había apagado los fuegos del gas de la cocina cuando estaban
encendidos mientras cocinaba, y por eso la pellizcó. Si uno le hace esto a un niño
se puede convertir en el tipo de niño que, cuando algo se está quemando, no
intenta detenerlo y se pone a palmotear mientras el fuego se extiende; la niña no
sería capaz de distinguir entre una situación en la que debería apagar el fuego de
la que no debería. Previamente, esta niña había estado jugando con cerillas y su
madre se las había arrebatado exclamando “¡Eso es peligroso!” Como resultado,
la niña aprendió a pensar que había peligro cuando hubiese una llama y a
apagarla. Así, cuando comenzó a andar, uno piensa que fueron los encendedores
de la cocina lo que más atrapó su atención. Cuando su madre suponía que la olla
debería estar hirviendo se encontró con que el gas había sido apagado. Esto
sucedió porque se enseñó demasiado pronto a la niña a tener cuidado con el
fuego, pero la madre no se había dado cuenta de esto. Pellizcar a un niño tanto
cuando juega con cerillas como cuando apaga un fuego de cocina es actuar de
forma contradictoria. Los padres que no se dan cuenta de cual debería ser su
comportamiento imponen expectativas en sus niños; esto está equivocado.
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Ante todo, los niños crecen a través de las disputas, manifiestan su potencial a
través de las disputas y saben reconocer su ubicación [en la sociedad, el grupo,
personal] a través de las disputas. Ya sea que uno gane o pierda, existe una
significación en ello. No se trata de estar constreñido por ganar; es beneficioso
tanto si uno gana como si pierde. Hay muchas cosas que uno no puede entender
a menos que pierda. También hay muchas cosas que uno no entiende a menos
que venza. En ambos, en la victoria y en la pérdida, hay un significado. Por eso es
bueno que haya disputas. Cuando los padres esperan que sus niños se lleven
bien, sienten fuertemente cualquier violación de sus propias expectativas. De
ordinario no hay más un niño haciendo llorar a otro, pero cuando los padres
esperan que sus niños se lleven bien entre sí, perciben fuertemente que cualquier
situación constituye una disputa y no pueden evitar hacer algo. Y cada vez que los
padres hacen algo con la intención de conducir al niño en una cierta dirección,
este se va al lado contrario. Protejan al niño más débil y el otro le atormentará en
secreto.
En el caso que hemos escuchado, había nacido una niña. Al principio, su hermano
estaba encantado, y le hacía monerías y cuidaba de ella. Cuando los adultos de
alrededor empezaron a hacerle también monerías él, de forma no sorprendente,
se volvió contra ellos y contra su hermanita recién nacida. Pero los adultos no
entendían que es bastante natural y razonable para el niño empezar a meterse
con su hermanita cuando ellos empezaron a hacerle mimos a esta. La razón
básica está en que los adultos le habían separado de su hermana. En una etapa
como esta, la madre debería haber buscado cualquier ocasión para pedirle al niño
que cuidara de la niña y cuando ella cogía al bebé decir “Mamá cogerá a la niña
mientras tú [el niño] no estás aquí.” Si hacen este tipo de cosas no habrá
problemas. Pero cuando esta madre sostenía el bebé, ponía una expresión de que
esa era su prorrogativa, no dejando que el niño cuidase de la niña, aunque al
principio si lo hiciese. Aunque el niño pegó puñetazos de rabia, los padres
decidieron – por alguna razón que sólo conocen ellos – que estos puñetazos de
rabia eran violencia: “¡Ahora se ha vuelto violento!” ¿Pero quién fue quién puso al
niño en el camino de la violencia? Lo que había pasado era perfectamente natural
cuando, como en este caso, algo querido es arrebatado. Y especialmente cuando,
como en este caso, hay dos niñas y un niño, es bastante natural que el niño tome
esa dirección. Si la madre puede actuar como compañera del niño, este cuidará de
las otras niñas y adquirirá una perspectiva más amplia de las cosas pero esta
madre tan sólo adoptó el papel de alguien que reprende y protegía a la niña
pequeña que escogió. Pero proteger a las niñas implicó que ignoró al niño. Por
eso, cuando se metía con sus hermanas, el niño se limitaba a reafirmar su propia
existencia. Se reafirmaba en forma muy similar en que la mayoría de las mujeres
lo hacen cuando se pintarrajean con la barra de labios o se ponen algo ridículo
sobre sus cabezas.
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IMAGINACIONES Y ESPERANZAS
(V)
Por Haruchika Noguchi
Traducción: Luis Crespo
Una anciana que conozco anunció, “¡Fui asaltada por un hombre en un sitio
oscuro!” Y yo comenté, “Eso se debe a que estaba oscuro.” Si alguien hubiese
estado cerca de ella con luz se habría aterrorizado. Era porque estaba oscuro por
lo que fue atacada. Sin embargo, ella gritó como si fuese una mujer decente. Tras
ello, le contó a todo el mundo su experiencia. Hablaba tan apasionadamente que
uno no podía saber si estaba diciendo “¡Este tipo de cosas ocurre así que tened
cuidado!” O “¡Incluso yo soy aún atractiva para los hombres!” Supongo que era
una forma de animarse a sí misma, los seres humanos tienen un instinto para
afirmar su existencia en formas diversas. El primer llanto de un bebé es ya una
afirmación de su existencia. Un cordero o un potro empiezan a andar a los pocos
instantes de nacer, pero un bebé está hecho de forma que no es capaz de andar
siquiera tras un año. Está creado de tal modo que incluso no puede limpiarse tras
una evacuación intestinal. Por eso nada más nacer profiere su primer grito. Se
debe a que si es desatendido morirá. Para poder vivir depende de los cuidados de
los adultos, por eso grita, literalmente, por su vida. La madre endurecida puede
decir “Oh, ya está llorando otra vez” y no prestarle mayor atención, pero el bebé
llorará cada vez más alto. Lo hace por su vida. El conseguir atención es su
salvavidas.
Un adulto [con personalidad] aniñada hará todo tipo de cosas para captar la
atención de los demás. Preguntas como “¿Tengo cáncer?”, Las quejas sobre los
dolores del parto y los fuertes sufrimientos en las enfermedades son,
normalmente, de esta naturaleza. Pero por mucho que uno diga que está
sufriendo a causa de una enfermedad, la enfermedad es sufrimiento. Por eso a
nadie le gusta caer enfermo. Si la enfermedad fuese placentera una intentaría
alargarla al máximo. Tener cubiertas todas las necesidades, ser atendido
diligentemente y mandar despóticamente sobre los demás sin tener que trabajar –
no hay situación más deliciosa; pero el hecho de que la gente piense en curarse
rápidamente se debe a que la enfermedad es sufrimiento. No hay utilidad alguna
en las súplicas del tipo “¡Estoy sufriendo, estoy sufriendo!” O “¡Duele, duele!” El
que alguien diga tales cosas cuando sabe muy bien que no hay nada que los
demás puedan hacer para ayudarle es una forma de afirmar su existencia; está en
el mismo nivel del niño que llora para decir “¡Estoy aquí!” Pero tal persona no llora
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por el preciado bien de la vida como el bebé, está exagerando a fin de proteger la
cómoda vida que lleva. Cuando alguien dice “¡Ay!, ¡Ay!”, pueden preguntarse si en
realidad es tan doloroso; si alguien puede manifestarse así, en realidad no le duele
tanto. Si alguien tiene muchos dolores de verdad, mantendrá su boca cerrada. Sé
esto por aplicar sôhô. Cuando alguien dice “¡Ay!, ¡Ay!, ¡Ay!”, está sobre
dramatizando las cosas, y así, por consideración, le aplico una ración extra de
presión para que el dolor se acomode a su expresión surgiendo [en él] una
profunda inspiración y quedándose quieto. Si pregunto “¿Qué ha sido eso?
¿Puede hacer un ruido más fuerte?” la respuesta es: “Mi voz no puede salir…”,
Así, cuando no puede emitir voz alguna, alguien tiene dolor de verdad.
Cuando no se expresa nada, el sufrimiento va a más. Expresar algo verbalmente
es una forma de sacarlo, de forma que luego la persona se siente más cómoda. A
fin de encontrarse más cómoda, una persona se impone a las demás. Así pues,
esto no es meramente una afirmación de su existencia: alguien divulgará sus
preocupaciones con el ánimo de transferírselas [a otra persona] en algún modo.
Divulga sus preocupaciones tan sólo a otra persona, imponiéndoselas. El dar sus
preocupaciones a otra persona es forzar a ésta a tenerlas en exceso. Debido a mi
posición, soy alguien a quien las personas confían sus preocupaciones y por ello
mi cabeza está llena con las preocupaciones de los demás y no tengo tiempo de
preocuparme de mí mismo. Creo que tengo el derecho de sentirme ansioso por mi
vida y de preocuparme, pero con todas las preocupaciones de los demás no tengo
tiempo para ello. El tratar las preocupaciones de los demás con una expresión de
calma es, por supuesto, una forma de afirmar la propia existencia pero no es una
forma de afirmación que la fuerce sobre los demás. El porqué de esto está en que,
en mi caso, todo el mundo reconoce mi existencia. Es cuando uno no es
reconocido que afirma su propia existencia.
Y así, cuando la madre protege a su niño, éste hará una nueva afirmación de sí
mismo que está dirigida contra esa acción protectora. De este modo el crío se
volverá más y más impertinente. Pero incluso si se mete con su hermana más
pequeña, haciéndola llorar, y luego aparece y dice “Está llorando”, no deben
hacerle caso; y si consiguen que, de un modo u otro, el niño consuele a la
hermana entonces él no empezará con peleas con tanta frecuencia. Si uno [como
padre] salta a la defensa del más débil y regaña al más fuerte, tanto el más mayor
como el más joven crecerán ignorando el natural “equilibrio de poder”. De modo
que cuando vea una oportunidad, el más fuerte atacará – cuando la madre está
ausente, por ejemplo se meterá con el otro. Aún así, con el tiempo surgirá entre
ellos cierto modus vivendi, pero éste nunca será revelado si la madre persiste en
su búsqueda de conseguir que se lleven bien entre sí.
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IMAGINACIONES Y ESPERANZAS
(VI)
Por Haruchika Noguchi
Traducción: Luis Crespo
Había una señora anciana muy frágil a la que yo conocía que había sido capaz de
llevar en sus brazos a su nieto cuando este era pequeño, pero cuando éste se
hizo algo mayor, un día saltó encima a los brazos de ella derribándola. Mientras
ella era capaz de sostenerlo en brazos, el niño estaba junto a ella pero dejó de
hacerlo gradualmente. “Incluso mi nieto mayor me rechaza ahora”, se quejaba la
señora, pero esto sucedía porque el niño quería emplear todas sus energías en
juegos. Necesitaba de alguien que pudiese jugar con él. El niño cambió por el
simple hecho de que su abuela ya no podía ser su compañera de juegos. Dentro
de ese “rechazo” subyacía un exceso de esperanza – “Es mi nieto mayor, así que
debería quedarse en casa conmigo” o algo similar; y esta esperanza tienen como
resultado una declaración exagerada. No es aventurarse en exceso afirmar que
ella percibió el crecimiento del niño como algo hostil hacia ella en cierto modo. “No
considero su crecimiento como un enemigo”, protestó ella. “No tiene sentido hacer
del enemigo.” Pero yo sabía cómo había tratado a sus
propios hijos. Había apartado a su hija, incluso a su propio hijo, del mundo; le
disgustaba enormemente que sus hijos tuviesen contacto con otros chicos, y
cuando su hijo le dijo que había conocido a un a chica, la madre le dijo que le
parecía repugnante. Sobre quién es repugnante, seguramente la persona más
repugnante es aquella que tiene imaginaciones tan desmesuradas y que emplea la
palabra “repugnante”. Cuando un hombre y una mujer adultos se casan [tienen
hijos], y cuando sus hijos crecen un poco es normal que los chicos se interesen
por las chicas y viceversa. ¿Porqué empleó la anciana la palabra “repugnante”?
Ella misma había tenido experiencias repugnantes anteriores y como veía las
cosas a la luz de esas experiencias, [las de sus hijos] le parecían repugnantes. Si
hubiese tenido algún tipo de espíritu juvenil, se habría congratulado de que sus
hijos le contasen que se estaban abriendo al mundo. Pero al no felicitarles, les
apartó del mundo.
Otra madre descubrió, ocultas bajo la cama de su hijo de doce años, fotografías
de mujeres desnudas que había recortado de revistas y medias viejas suyas, así
como otras cosas. Se quedó pasmada y vino a preguntarme si el niño no sería un
pervertido sexual. “No es un pervertido”, le dije. “No hay necesidad de
preocuparse porque es una prueba de que el niño está creciendo. Más aún, usted
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es aún atractiva desde el punto de vista de su hijo. Se la reconoce como mujer
incluso por un niño.” El que el niño guardara objetos de su madre – no teniendo el
de otras niñas – se debía a que aún la consideraba atractiva. Si un niño es
incapaz de hacer este tipo de cosas, se debe a que está retardado en su
crecimiento o hay algo mal en su mente. Aunque el crecimiento de este niño era
sano, su aptitud de actuación hacia el mundo exterior estaba retardado, y así tomó
a su mujer como su objeto. El considerar a la propia madre como una mujer
[sexualmente] es, definitivamente, la señal del hombre que carece de espíritu y de
aptitud. En vez de ver a la madre como alguien viejo y sucio, el niño piensa que es
bella y la siente atractiva – esto se debe a que él no es independiente y no dirige
su actividad hacia el mundo exterior. En ocasiones los seres humanos se oponen
a su propio crecimiento natural, pero no importa cuanto lo hagan, finalmente
terminan rebelándose [a esa oposición] Pero no, no es que la naturaleza se
rebele: si uno tiene una manera de pensar egocéntrica por medio de la cual intenta
mantener pegado a las faldas a un niño a la fuerza, obtendrá la rebelión de éste.
Uno de mis hijos se ha casado recientemente. Yo había pensado invitar a su boda
a muchas personas – viejos conocidos y personas que habían echado una mano
en la educación de mi hijo – para presumir de mi hijo ante ellos y que viesen cuan
adulto se había hecho. Así que yo andaba planeando invitar a todas esas
personas, pero mi hijo me dijo, “Soy periodista y por ello tendré una fiesta acorde a
mi posición social y emplearé mi propio dinero. Así pues, tan sólo invitaré al
número de invitados que me permita mi dinero”. Así que siguió adelante y planeó
su propia boda. Le dejé que empleara mi dojo pero no hice nada más. Incluso yo
fui un invitado más. Yo había estado pensando en la boda como el momento
adecuado para dar las gracias a la gente con la que sentíamos una obligación,
pero mi deseo fue totalmente defraudado. La separación de mi hijo respecto a mí
sucedió de una forma natural, del mismo modo en que un animal adulto se separa
de sus padres, sin aspavientos. “¿No es desalentador depender de una cosa así?”
Me pregunté a mí mismo. De nuevo, desde mi punto de vista, a causa de la
decisión de mi hijo, yo había sido descortés con muchas personas. Y si algunos de
ustedes me hubiesen preguntado por qué no fueron invitados o al menos
informados, les diría que mi posición como padre ni siquiera existió. Pero esto es
lo que implica el crecimiento de un chico, creo. Por ello no pienso que él fuera
contra mí particularmente, ni que fuese grosero con sus padres. Al contrario, me
alegro de que haya crecido así de bien. Pero si yo hubiese pensado que se
enfrentaba a mí por no haber cumplido mis expectativas, habría ido contra su
desarrollo natural – igual que las madres de las que les he estado hablando. Si
uno no crea en sí mismo este “ir en contra”, entonces no existe. Pero las personas
suelen tomar este tipo de comportamientos como un fuerte desafío contra ellos.
Esto sucede cuando la percepción de las personas sobre su posición social es
muy fuerte y cuando se aferran al mismo.
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IMAGINACIONES Y ESPERANZAS
(VII)
Por Haruchika Noguchi
Traducción: Luis Crespo
Volviendo a la madre que hacía la pregunta original: debido a que ella partía de la
suposición de que sus hijos serían capaces de entenderse entre sí y de que se
llevarían bien entre sí, surgió un fenómeno opuesto. Se ha vuelto sensible en
exceso con las peleas entre sus hijos, y el grado en el que ella se ha visto
defraudada por esas peleas es mayor que en el caso de alguien que no abriga tal
presunción a priori. Como resultado, esta madre se ha visto cada vez más perdida
sobre como actuar. En un caso como éste, en vez de ser un problema de cómo
enseñar a los niños o de cómo debe abordarles la madre a ellos, creo que, ante
todo, la madre debe hacerse ella misma adulta primero y darse cuenta de lo que
es el crecimiento natural en los seres humanos.
Las madres de hoy día harían bien en no imitar a aquellos matones que se ponían
a sí mismos como guardianes de la moral pública durante el período Edo que
seguían el precepto “Protege al débil, aplasta al fuerte”. Los japoneses están
ebrios de expresiones como estas y derriban por ello a los fuertes y cuidan de los
débiles. Como resultado, todas las personas fuertes han desaparecido, como es el
caso de los auténticos grandes hombres, y los locos han heredado la tierra. Tan
sólo los dementes hacen que sus sombras sean mayores que su propia estatura,
esperan ser protegidos por multitud de personas, escarban aquí y allá y maniobran
para su provecho ladinamente. Se piensa que las personas fuertes han de estar
contra todo el mundo y son presionadas por ello. Desde la juventud, a las
personas llenas de energía e ingobernables se las ponen firmes, protegiéndose a
las débiles. En consecuencia, a fin de que las protejan, las personas débiles se
dan bombo habiendo calculado que así, efectivamente, serán protegidas. Alguien
que se comporta arrogantemente con la esperanza de ser protegido es como el
conejo de la fábula que se daba bombo a sí mismo. Un conejo consiguió el apoyo
de un zorro y se puso a hacer bravatas ante un conejo más fuerte de su grupo.
Cuando el conejo fuerte se echó para atrás, el débil se envalentonó aún más,
engañándose a sí mismo pensando que era fuerte, cuando en realidad el fuerte
era el zorro que tenía a sus espaldas. Puede haber cierta transcendencia en
aplastar al fuerte y ayudar al débil, pero debido a esta idea las disputas se hacen
interminables. Si esta idea no está presente y los padres dejan que gane el fuerte
y pierda el débil como un proceso natural y se mantienen al margen, antes o
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después el fuerte empezará a proteger al débil. Si se gana tres veces seguidas
uno se aburre de pelear. Si, por ejemplo, estoy jugando al Go con un adversario
mucho peor que yo perderé las ganas de jugar. Cuando un adversario es un reto
uno puede enfrentársele hasta aburrir a las vacas, pero si la victoria es continua,
es un aburrimiento. Debido a que es un aburrimiento, uno empieza a cuidar del
otro. Y entonces, tras ese paso, uno empieza a cuidar también a otros que son
fuertes.
De modo que cuanto menos pendiente estén los padres, de forma más natural
sucederá esto. Si los padres son tontos, los niños se volverán sabios; si los padres
son inteligentes, los niños se volverán tontos. No es bueno que los padres, por un
uso excesivo de inteligencia, empleen y refinen estratagemas a fin de proteger a
sus hijos. A la luz de esto, uno sospecha que si los métodos a emplear en el caso
en particular fuesen enseñados a la madre en cuestión [la de la carta inicial], los
resultados serían los opuestos a los pretendidos y por eso no la voy a enseñar
nada. La única cosa que quiero decir es. “Esta madre es tonta”.
Los seres humanos, inconscientemente, imponen un exceso de esperanzas en
sus hijos. Esto es un placer para los padres. El tener esperanzas es algo
extremadamente bueno, pero los padres se deslizan hacia una nueva etapa y
desarrollan ciertos tipos de imaginaciones relativas a sus hijos y,
subsecuentemente, buscan hacer de sus hijos seres humanos que se acomoden a
sus imaginaciones. Cuando esto sucede, incluso el crecimiento de los hijos se
vuelve una ofensa. De este modo los seres humanos llegan a considerar que los
demás son perversos o que están contra ellos, pero la raíz de todo esto está en
las esperanzas que abrigan en sus corazones, o en sus imaginaciones, en las que
desean lo mejor para alguien concreto. Esperanzas e imaginaciones son cosas
que existen en el interior de uno. Son la raíz del sentimiento de que algo externo
está contra uno.
Cuando uno crece actúa libremente. Esto es natural. Si hay dos personas de
fuerza pareja, pelearán entre sí hasta decidir quién es el más fuerte y quién el más
débil; es algo natural en los seres humanos al igual que en entre los animales. Si
la fuerza física no es suficiente, entonces propio de la sabiduría humana el buscar
la victoria mediante la inteligencia. Así que, aunque uno pueda decir que la victoria
o la derrota se han decidido en una lucha, por medio de un acto físico, se deben
considerar otras formas de pelea con más seriedad. Por esta razón un chico se
puede convertir en un alumno brillante. O pueden obtener popularidad de todo el
mundo en el colegio. Si uno no puede vencer se busca nuevos métodos para
hacerlo. Por perder uno cultiva nuevas habilidades. No hay razón alguna para que
interfieran los padres.
Como las disputas suelen tener lugar en la proximidad de los padres estos dicen,
”Estáis haciendo demasiado ruido, parad.” Si alguien pregunta por qué motivo se
para una pelea, resulta que no es por los antagonistas sino por los padres. De
modo que los padres tan sólo piensan en su propia comodidad. Desde el punto de
vista de los niños esa pelea es un asunto muy serio y es insultante que se les diga
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que paren meramente por que están haciendo mucho ruido. A los padres no les
entra en la cabeza que están insultando a sus hijos, y hablan sin pensarse dos
veces lo que están haciendo. De este modo, poco a poco, la confianza de los hijos
en sus padres se pierde. Si hay niños que creen en una madre que interviene en
una disputa que ellos consideran seria, sobre la base de que están haciendo
mucho ruido, entonces es que son tontos.
Así pues hay muchos casos en los que la raíz del sentimiento de que alguien está
en nuestra contra subyace en las esperanzas e imaginaciones que albergamos en
nuestros corazones.

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